Querido Gobierno en pleno (lo de querido es un formulismo, vaya por delante):

Es difícil, muy difícil, quizás el mayor reto de mi carrera como periodista, escribir algo que aún no se haya dicho en este país. Pero como, por más que la mayoría no silenciosa de mis conciudadanos se exprese, no sirve para nada, me he propuesto esmerarme a ver si tengo más suerte. Y si no, pues al menos me desahogo, que faltita me hace.

Aquí al otro lado del Congreso, de la Moncloa y de los estupendos pisos que les pagamos con el erario público en Madrid para que ustedes no tengan que desplazarse con toda su familia a vivir en el lugar donde desempeñan sus funciones, (como hacen todos los que han tenido que acogerse a la movilidad laboral); aquí fuera, decía, sobrevivimos millones de seres humanos. Sí, sobrevivimos.  Y sí, somos humanos, fijénse qué casualidad, como ustedes. Bueno, a lo que parece, un poco más humanos nosotros.

Somos humanos con necesidades básicas y no tan básicas (o sea, como las suyas propias, para que no tengan que escarbar mucho en busca de su empatía), que, casualmente, quedaron recogidas en esa Constitución tan intocable para lo que a ustedes les conviene. Nunca se puede tocar para lo que nos conviene a los ciudadanos a los que venía a garantizarnos nuestros derechos y libertades. A estas alturas no sé si le queda alguna página a la Constitución con la que no se hayan limpiado el culo después de defecarle encima. Aquí, desde luego, otra cosa no, pero mierda siempre nos salpica cuando enchufan su ventilador parlamentario.

Cada vez que su partido decide algo, cada vez que vota algo, cada Consejo de Ministros; cada vez que se pronuncian los mercados, Europa, el FMI, la OCDE, la Iglesia, los presidentes de sus Comunidades Autónomas, sus ínclitos voceros, incluidos los directores de medios de desinformación afines a su secta; o cualquiera de sus amiguitos de bancos, multinacionales, asociaciones de jueces, etc. aquí al pie de la calle nos inunda la mierda hasta las orejas. Nos ahogamos en mierda.

En dinero, no, claro. En nuestro dinero se bañan todos los anteriormente mencionados sin necesidad de meterlo en sus jacuzzis o en los de Portugal. Les llueve dinero, como diría Botín. Todo ese que ha desaparecido de los bancos, de las empresas que han despedido a los 6 millones de ex trabajadores que ahora ya apenas cobran ni la ayuda del paro, de las arcas del Estado; ese es el dinerito que les llueve. Y, como después de la tempestad viene la calma, de la misma manera pasan los millones llovidos a los paraísos fiscales donde los guardan a buen recaudo para, cuando esto escampe y lo hayan dejado todo a precio de saldo, volver a especular y a sacar más rentabilidad si cabe al dinero que nos robaron y que encima los asfixiados tenemos que pagar con intereses en concepto de deuda pública.

Fugados

Viñeta de Ferran Martín, siempre tan grande.

Negocio redondo

La verdad, no me quito el sombrero porque es lo único que me calienta los cascos en esta casa en la que no me puedo permitir la calefacción. La luz, ¿saben?, que cuesta más que verla al final de ese túnel. Pero claro, cómo la van a bajar si con lo que pagamos es con lo que después ustedes cobran esos sobresueldos como consejeros en empresas energéticas o de telecomunicaciones en cuanto salen del Gobierno.

Pero eh, cuidado, que yo tengo casa, no tengo derecho a quejarme ni a protestar. No lo tienen siquiera esos pobres desahuciados que se han quedado con toda su familia en la calle, si no se han suicidado antes… Cómo lo voy a tener yo, niña mimada a la que, después de 15 años ejerciendo el periodismo, con casi 37 años, su padre, en paro; su madre, con una pensión de invalidez; y su tía, con otra; tienen que pasarle dinero mensualmente para que pueda comer. Sí, para comer comida no caducada -aunque a veces, bueno, con un poco de curry o de alioli todo entra-. Hasta que no lo cuente.

¿Saben que ya está pasando? ¿Saben que aquí afuera hay millones de familias que no tienen qué llevarse a la boca, miles de niños viviendo por debajo del umbral de la pobreza que van al colegio muertos de hambre? ¿Ustedes saben que hay millones de personas sobreviviendo gracias a la caridad y la solidaridad ciudadana? Claro que lo saben. Ahí está el truco: Mientras demos las gracias por recibir caridad, no reclamaremos nuestras necesidades básicas como derechos fundamentales.

Lo que pasa es que todo tiene un límite, y como sigan facilitando el despido y la esclavitud bajo esos sueldos de 500€, a ver cómo nos vamos a mantener los unos a los otros. Llegará un momento en el que el que cobre 500€ ya no pueda pagar el kilito de arroz en el supermercado para el Banco de Alimentos porque lo necesitará para, por ejemplo, ¿pagar el euro por receta cuando se le ponga el niño malo? Y entonces el bebé del otro que no tiene para comprarle leche se morirá de inanición y fíjense ustedes, de repente, África. De repente España sí será Uganda, parafraseando a Rajoy.

Que todavía no. Todavía la gente no se ha lanzado a la calle a robar, no han aumentado los índices de delincuencia ni de inseguridad ciudadana, aún no nos matamos por las esquinas. No, nosotros no nos matamos por nada ni por nadie… para qué, si ya tenemos a la policía y, en breve, a los guardias jurados para darnos candela. El ejercicio de la violencia se lo reservan ellos en potestad. Nosotros en cambio, aquí, pacíficamente, viendo por la tele como unos pocos defienden los derechos de todos y se llevan las hostias.

Se lo han montado bien ustedes porque, con la inestimable ayuda de los medios de desinformación, encima han conseguido que los propios ciudadanos vapuleados pero conformistas critiquen y menosprecien a los que sí se atreven a pelear por ellos. Repitiendo como loros sus consignas tipo ‘terroristas, filonazis, antisistema, okupas, radicales, violentos, etarras, borrokas…’.

Sí, hasta para muchos de nuestros propios vecinos los defensores de los Derechos Humanos somos ETA. Luego, si algún día podemos volver a repartir los derechos y libertades reconquistados, serán los primeros en ponerse a la cola a reclamarlos; pero, de momento, viendo el Sálvame Deluxe y ‘leyendo’ el libro de Belén Esteban, están bien a salvo de que les calienten a palos y de calentarse mucho los sesos por su ‘panodrama’.

Sobre todo, un consejo para sus señorías: Asegúrense de que toda esa mayoría silenciosa que se cree todavía sus mentiras no tenga que vender la tele, porque entonces estarán perdidos. Ustedes y todos sus amiguitos. Les pueden quitar el trabajo, la comida, la salud psíquica y físiológica, les pueden pisotear la dignidad… pero la pantalla de plasma ni tocarla, que ahí os la lían parda esos cabrones.

Ahí ni ley Mordaza ni sanciones administrativas de cantidades que sólo pueden pagar ustedes. El día que la otrora clase media no pueda pasarse las horas muertas siendo adoctrinada por su propaganda mediática, quizás, de súbito, abra los ojos y decida lanzarse a manifestarse, mentarles a la madre que no les abortó a ustedes y a la de Franco, quemar banderas y demás símbolos patrióticos, y empezar a exigir su aniquilada calidad de vida. Sí, el nivel adquisitivo que el españolito medio se había currado con el sudor de su frente, los ahorros que han volado con las preferentes desde sus cuentas en cajas de ahorros hasta las suyas en bancos de Suiza, sus hogares embargados, la educación de sus hijos y sus nietos, esa antiguamente admirada Sanidad pública universal, y unas pensiones antes garantizadas… Esas cosillas que ustedes juraron que nunca iban a tocar y que han sido lo primero que han volatilizado.

Cuando eso por fin pase, que va a pasar,  ya no seremos una minoría silenciosa. Tampoco seremos todos, porque, sorprendentemente, aún hay cantidad de gente sin comprensión lectora que sigue creyendo que la derecha es mejor gestora y que todo esto es culpa de la herencia de Zapatero, y de personajes anclados en el pasado que votan históricamente a la derecha porque a los suyos los mataron los republicanos.

Con los votantes del PSOE por idénticos motivos ya me meteré otro día. Pero esperamos que los obreros y trabajadores de a pie que se pasaron a votarles desengañados de la izquierda y confiando en que ustedes les darían un empleo bajen a la realidad de una vez al no tener tele para exponerse a Intereconomía, el Canal 13TV y RTVE, y se percaten de todo lo que les han esquilmado desde hace tan solo los dos años más eternos de esta supuesta democracia de chichinabo.

Mientras a los  pobres de comprensión lectora les quede la tele, pueden seguir apretándoles las tuercas llevándolos a la inanición, la explotación laboral y la desesperación o el suicidio. Sobre sus conciencias esas tan católicas pese. Que pese todo lo que nos están haciendo, y les aplaste inmisericordemente. En un justo toma y daca. Y si no, ya les aplastaremos los que sí que sabemos analizar la realidad.

Atte. Elisabeth G. Iborra, periodista y escritora venida a menos, como prácticamente todos los profesionales de mi sector y de todos los demás.

Si prefieres el cibersexo, luego no te quejes de que no tienes sexo, ni de tu soledad.

Estoy revuelta. Estoy triste. Me siento sola. Tranquilos, no me siento sola porque no tenga amigos ni familia que me quieran y me hagan la mejor compañía. Me siento sola porque me falta una figura masculina relevante en mi vida. Vale, tengo un padre fantástico, pero afortunadamente no tengo a mi padre tan idealizado como para que me valga como hombre con todas las implicaciones en mi vida.

Hace tiempo que decidí que no me valían los escarceos sexuales esporádicos. Y seguramente hace el mismo tiempo que me como los mocos sexual y emocionalmente hablando. Es una elección personal que asumo, pero me temo que las consecuencias están yendo demasiado lejos y no sé hasta qué punto tengo la culpa de ello a pesar de todo lo que he aprendido y cambiado hasta ahora.

Quiero decir: Reconozco que no estoy tan disponible sexualmente como pude estarlo en otros momentos más ‘ligeros de cascos’ de mi vida. Pero eso no quiere decir que no sea accesible para conocerme. El problema que observo es que muchos hombres se acercan con interés sexual y cuando ven que no es tan fácil como supuestamente aparento, simplemente ya no intentan ir más allá.

Bien, es un criterio de selección per se, pues ellos mismos se autoeliminan cuando ven que no van a obtener lo que desean. Pero, ¿a dónde están los demás? Entrándome por whatsapp, por twitter, por Facebook, por chat, por mail, por Skype… Síiiii, ¡por las redes sociales! Ahí tenemos a los grandes hombres del siglo XXI dándolo todo, un vacile continuo, venga jueguecitos, venga piropos, venga tonteos, venga pajas virtuales… Pero ahí queda eso. Ninguno pretende ni se molesta en intentar un cara a cara que nos pueda llevar a conocernos, a un principio de amistad y quién sabe si a algo más, a un mínimo contacto físico.

No sé vosotros, pero yo lo necesito. A mí no me basta con la fantasía de que me atraiga alguien, ni con masturbarme con el otro al otro lado del Smartphone o del portátil. A mí lo que me gusta es la realidad, el tú a tú, el saber si la química es verdadera y tangible o producto de la imaginación y de la necesidad de tener una ilusión… y un orgasmo.

Que, si lo piensas, muchas veces lo que hacemos con otros en la cama viene a ser una masturbación individual con un cuerpo ajeno, pero al menos ahí damos cierta oportunidad para el roce y, por tanto, al cariño. Que en el fondo es lo que la mayoría deseamos.

He llegado a un punto en el que lo que busco en un hombre no es el sexo sino todo lo que lo acompaña: los abrazos, los besos, los mimos, las caricias, el sentir que alguien te atrae y que le atraes. El sentir, básicamente. Lo del orgasmo queda en un plano secundario que, además, no me falta conmigo misma. Pero los abrazos no me los puedo dar sola.

Y mientras sigamos aislados, cada cual con nuestro móvil como herramienta sexual, no vamos a salir de nuestro onanismo ni de nuestro micromundo perfecto. Digo perfecto porque nada falla: nadie nos revuelve, nadie nos hace sentir inseguros, ni rechazados, ni cuestionados, ni malos amantes. Nadie nos va a pedir nada porque nadie va a esperar nada de nosotros, ni un mínimo compromiso, ni cierta implicación, ni dar la talla, ni estar al nivel de la conversación o a la altura de las circunstancias cuando sea necesario.

Pero tampoco vamos a obtener nada positivo: Ni amor, ni cariño, ni admiración, ni calor humano, ni apoyo, ni ilusiones con posibilidades de convertirse en realidad, ni ánimos, ni la opción de empezar a jugar y acabar teniendo sexo del bueno, del de verdad, del que se siente, del que te deja con la piel de gallina… preguntándote por qué carajo has estado tanto tiempo sin arriesgarte a intentar tenerlo.

No sé si me pasa a mí sola, que no soy precisamente la mujer más fría, distante y borde del mundo, o nos enfrentamos a un problema social que nos está minando las emociones a muchos. Lo que sí que noto es mucha cobardía, por todas partes, de dar un paso adelante. De ir a por lo que queremos. Como si quisiéramos resguardarnos todos en nuestros pequeños castillos para no salir heridos.

Nadie se lo cree, porque me conocen, pero lo cierto es que hace siglos que ningún hombre me propone quedar, ni una cita para tomar un café o un vino. Y no es ahora por vivir en Conil aislada del mundo, porque desde hace ya tres años, en plena vorágine barcelonesa, comentábamos con mis amigas que los tíos ya no intentaban quedar con nosotras “ni para un polvo”. Como si tuvieran miedo a que por eso les fuéramos a pedir un hijo (que honestamente no es algo que yo tendría de alguien acojonado)  o, quizás, a no dar el nivel que presuponen que exigimos.

En cualquier caso, el miedo es algo que nos paraliza o nos estimula, depende de cómo lo queramos utilizar. Yo también tengo miedo a que pasen de mí, a no gustar, a que me rechacen, a que me hagan daño, etc. Aunque no por eso voy a preferir encerrarme en mí misma y negarme a sentir si hay alguien que merezca el riesgo al otro lado… de la mesa o de la cama. Si se queda cómodamente al otro lado del ordenador ya deduzco que ni merece la pena, ni tampoco es alguien que encaje con mi forma pasional de vivir la vida. Y, oyes, aunque me sienta sola, ellos se lo pierden.

De todos modos, no pienso conformarme con que esto es lo que nos  ha tocado vivir. Quiero sentir, quiero vivir, quiero querer, quiero que me quieran; como todos. Y si tengo que empezar a gritar para que dejéis de alimentar vuestros egos virtuales y os espabiléis para fomentar vuestra autoestima verdadera, pues no me pienso callar. Luego ya hacéis lo que os dé la gana y os haga felices. Que igual lo sois solos, con un simple whatsapp, pero yo, sinceramente, no quiero seguir sintiéndome vacía en la vida real.

Si te aburres, complícate la vida, pero no te quejes

Esta mañana me aburría. Sí, no porque no tenga trabajo, que me sale por las orejas, sino porque no siento nada, ni me pasa nada, ni me llama nadie, ni me hace ilusión ver a nadie, ni conozco a nadie interesante. O sea, que no sé si estoy viva.

No sé durante cuánto tiempo puede aguantar así un ser humano, pero yo resistiría más sin agua o sin comer que sin sentir, sin emoción, sin adrenalina, sin que me dé vuelcos el estómago o, por lo menos, me puedan los nervios de la incertidumbre. Es que me mata la apatía.

Y es entonces cuando mi mente inquieta y adicta a las descargas químicas hormonales a las que le he acostumbrado durante décadas me hace toc toc y empieza a idear maneras de provocar situaciones que a su vez provoquen algún tipo de movimiento en mi vida sentimental y/o sexual al menos, que a su vez provoquen alguna contracción de la sístole, que la tengo oxidada y se me va a atrofiar.

Vosotros diréis: ¿Pero por qué no se apunta a surf, o a cualquier otra actividad que la entretenga? Ya lo he hecho. Pero eso me mueve todos los músculos menos el corazón. Y a nivel cerebral tampoco da lo mismo de sí. Endorfinas y todo eso, sí, pero yo para saciar las exigencias de mis neurotransmisores necesito mucho más que mar y sol.

Yo necesito meterme en líos. Complicarme la existencia. Meterme en berenjenales. Darle caña a la vida y dejarla que ella me la dé a mí. Luego me divertiré, lo disfrutaré, sentiré, sufriré, padeceré la angustia, me arrepentiré, me autoflagelaré… Y todo lo que encarte. Pero no podré quejarme porque me lo habré buscado yo. Porque, como canta Tiza, Soy la Revoltosa:

En la boca del lobo te metes tú

Ahí es adonde quería ir a parar, por supuesto, no voy a escribir esto por gusto, verdad? No. Lo escribo porque yo alucino cuando la gente, sobre todo las mujeres, se quejan de lo que les ha pasado con tal o cual tipo que han atraído a sus vidas, qué fíjate tú lo que me ha hecho, que qué mal lo estoy pasando… ahí vienen los lloros y los lamentos y el echar balones fuera y culpar al otro de todo lo ocurrido.

Pues no siempre, señoritas y señoritos. NO. Muy habitualmente, sabemos perfectamente que ESA no es la persona conveniente, que no vamos a llegar a ningún lado, que incluso nos puede hacer daño por el camino, que pasa de nosotr@s pero aún así nos empeñamos en forzar la relación, del tipo que sea, para conseguir las migajas, como máximo. Sabemos que nos esquiva, que no nos valora, que nos va a utilizar para lo que le interese (puede ser para obtener algún favor, no necesariamente sexual, aprovechándose de la generosidad del que intenta seducir). Y sin embargo, incitamos el encuentro y nos regalamos o rebajamos para tener un ápice de atención, cariño o de alegría para el cuerpo.

Que yo lo entiendo, es imprescindible de vez en cuando; pero entonces lo más inteligente es reconocer que te has metido en la boca del lobo por aburrimiento, porque necesitas entretenerte para tener algo que contar a los amigos y/o para desviar la atención de carencias emocionales y problemas mucho más acuciantes que te preocupan y preferirías no tener que pensar. Ya lo siento.

La hipocresía de San Valentín… y de sus opositores.

Aquí donde me véis, yo no fui siempre soltera, ¿sabéis? Hubo una época, cuando todavía era una joven ‘normal’, de esas que quieren estudiar, casarse con su novio y tener casa, coche e hijos, tuve un novio estupendo durante 5 años. ¿Por qué lo dejé si era maravilloso? Porque dejé de querer las cosas que querían las chicas ‘normales’, básicamente.

Durante esos 5 años mi novio y yo nunca celebramos San Valentín. Los dos, muy alternativos nosotros, pensábamos que aquello era un invento comercial, que lo realmente significativo era hacernos detalles, mimos, homenajes y regalitos cualquier otro día del año por sorpresa. Y aunque ninguno de los dos pretendíamos ser románticos, nos mandábamos unas cartas de amor preciosas con las que años más tarde de dejarlo aún moqueaba como una pánfila. Yo, que no soy nada sensible.

Y una mierda.

Yo, que me las daba de no ser nada sensible, soy como un oso de peluche e hipersensible. Otra cosa es que desde que dejé a mi ex pretendiera no parecerlo para que no me hicieran daño, y para autoengañarme a mí misma con que no necesitaba una pareja al lado para ser feliz.

Pero miren ustedes, los que están enamorados y lo celebran,  o los solteros o emparejados anti-sanvalentín, que somos como los antitaurinos: Yo, si pudiera, también celebraría San Valentín, hoy por hoy. Por el mero gustazo de celebrar. Si celebro cada vez que me pasa algo bueno, no voy a dejar de celebrar algo tan estupendo como estar enamorada y ser correspondida. Sólo porque lo moderno sea estar en contra.

Que sí, que ya sé que es un invento del sistema capitalista para que consumamos más, para que nos gastemos dinero en joyas y en restaurantes y botellas de champán caras… Pero que hay muchas formas de celebrar el amor y no tienen que pasar por gastarse un dineral. Si quieres ser rebelde y antisistema, puedes hacer la cena en casa, hacer una sorpresa doméstica tipo striptease y pegarte la noche follando como si no hubiera mañana, y que le den bola al Corte Inglés.

¿A quién queréis engañar?

Lo que no voy a hacer más es negar que a mí también me gustaría que hoy me dijeran que me quieren, poder corresponderlo sinceramente y que me hicieran el amor en lugar de matarme a pajas. Hoy y cada día del año, eso está claro, sólo que hoy todo el mundo nos viene a recordar lo solos que estamos. Y, por mucho que nos hagamos los duros, los solitarios y los súper independientes, en el fondo, todos estamos deseando dejar de estarlo.

Así que no me hagáis reír con vuestras tonterías. San Valentín es un invento comercial, Papá Noel, también, pero no por eso deja de gustaros recibir regalos, ¿verdad?

Qué miedo le tenemos al amor y a sentirnos vulnerables, diosito.

Volvamos a la naturalidad y la espontaneidad de la adolescencia, por favor.

Esta sociedad está mal hecha. Probablemente es por habernos desviado de nuestra naturaleza, que nos ha abocado a elaborar una serie de complicadas estrategias para relacionarnos con los demás, especialmente con el otro género.

En una sociedad sana, es más, tal y como hacíamos en plena adolescencia, chico conoce chica, se gustan, se besan, salen juntos, si se siguen llevando bien, continúan y si no, lo dejan y salen con otros; ya sean amigos del anterior o desconocidos de otros grupos. Putadilla cuando uno está más enamorado que el que le deja, pero aprende que la vida es así y que la química no dura eternamente y a otra cosa, mariposa.

Foto tomada de www.vayatele.com Ahí sí se liaban todos.

 

Foto de Sensación de vivir tomada de http://www.vayatele.com Ahí sí se liaban todos con todas.

Después de esos escarceos empiezan los miedos, las expectativas nuestras y de los demás por las relaciones que establecemos, las inseguridades, los traumas, etc. Y perdemos toda naturalidad y espontaneidad en nuestras interacciones. No vaya a ser que se nos note lo que sentimos, no vaya a ser que nos rechacen o que el otro quiera otro tipo de rollo diferente y nos haga daño, no vaya a ser que piense que yo… No vaya a ser que me arriesgue a sufrir, en definitiva.

Y así llegamos a los 30, con unas ganas de amar y/o de follar locas que no nos atrevemos a colmar. Y cuando la química, la necesidad, las feromonas, las hormonas y todos los astros confluyen por pura casualidad y por fin nos lanzamos… pues la volvemos a cagar con estratagemas: o bien para cazar o bien para huir, o bien para no dar el primer paso o bien para dar el último.

Cada cual en su castillo, parapeteados y solos

Nadie quiere mojarse, nadie quiere quedar como el perdedor o la arrastrada (cámbiese el género en ambos adjetivos), nadie quiere demostrar que sintió más que el otro, o que quería más.

Empiezan así los tira y afloja de ver quién aguanta más sin follar la primera noche y la segunda, como si eso fuera garantía de respeto o de duración. Comienza la lucha por ver quién tarda más en llamar, en dar señales de vida, en ceder en su orgullo.

El cuadro de Mujer Recostada, de la gran Lempicka, que estaría esperando?

 

El cuadro de Mujer Recostada, de la gran Lempicka, ¿qué estaría esperando?

Se miden los días para mandar un mensaje, según el código tácito de lo que significan los tiempos en materia de intenciones y sentimientos: Si tarda una semana, sólo quiere un polvo; si te llama al día siguiente, está super colgado, demasiado fácil; si manda un mensaje mono y a los dos o tres días te llama, vamos por buen camino. Y así de estúpido todo.

Las tías, por supuesto, aunque nos mordamos los dedos de los pies, no debemos llamar, porque sería como extirparles su papel de macho y perderían todo interés, en cuanto que pensarían que estamos desesperadas por atraparlos en nuestras redes.

Yo, personalmente, no estoy nada de acuerdo con estas normas no escritas en materia de seducción. Es más, me la extra sudan. Cuando quiero algo, voy a por ello, hago y digo lo que siento y cuando me da la gana, no espero al mes que viene. Soy así, no es porque esté más o menos colgada de nadie, sino porque soy apasionada y vivo el momento, en cualquier faceta de mi vida; no creo que justamente tenga que ser diferente en la que más pasión requiere. Y si sé lo que quiero, tampoco entiendo por qué dilatarlo si puedo empezar a disfrutar antes. Llamadme bonoba, todo bien.

Yo soy así, y así seguiré

El problema es que vivo en ESTA sociedad donde, todo el mundo, le guste o no, está acostumbrado a regirse según esos patrones generalizados. De modo que si me comporto según me sale del alma, me acabo matando mogollón la cabeza porque el otro me malinterpreta y se agazapa ahí tras sus escudos, como si le fuera a acuchillar en vez de a darle placer.

O sea que, al cabo de los años, he tenido que aprender a replegarme, hacerme la dura y cumplir las normas del juego. No me ha ido mejor por ello, de todos modos, como a la mayoría de la población occidental que juega a estas chorradas. Tendríais que hacéroslo mirar.

Yo, por mi parte, prefiero volver a las andadas y relacionarme a mi manera porque no soy capaz de fingir lo que no soy o siento, ni llegaré a comulgar con esas reglas por mucho que me esfuerce. ¿Y sabéis qué? Tampoco quiero cambiar. Al que no le guste, que no mire, tiene millones de mujeres más para elegir. Que estoy ya muy mayor para gilipolleces.

La mejor edad de la mujer… es siempre, si sabes cómo crecer. 

No me he olvidado de la página. Es que la semana pasada cumplí 35 tacos y he estado súper liada celebrándolos en Cádiz, Sevilla y Barcelona como se merecen. Que hasta  hicieron un conciertazo en mi honor mis amigos del grupo Nem Tard.

Nem Tard, un poco borrosos porque ya la mano se me iba, sorry.

Nem Tard, un poco borrosos porque ya la mano se me iba, sorry.

Así que hoy toca hablar de la edad. Creo que al menos 5 personas que me felicitaron me hicieron la broma de ¿Cuántos, 25 ya, no? Pues miren, no. 10 más y sumando, tan a gusto. Yo a los 25 era una imbécil que se creía perfecta, todopoderosa, invulnerable y probablemente inmortal.  La década que ha pasado me la he pegado dando el pendulazo del que os hablo en mi teoría e intentando encontrar el equilibrio que antes no tuve jamás. De modo que no voy a borrar de un plumazo ese tiempo porque mi trabajito y mi esfuerzo me ha costado superarlo y llegar hasta aquí.

Y mi dinero, ¿sabéis?

No puedo ni quiero calcular la cantidad de pasta que me he gastado desde los 25 hasta aquí, pero sí puedo garantizar que no me lo he gastado en medicinas ni en drogas, que viene a ser lo mismo, por otra parte. Me lo he gastado en pasármelo bien con mis amigos por ahí, comer como una reina, beber vinazos como una somelier, vestirme como una diva y calzarme como Imelda Marcos. Creo que en condones también me dejé una buena suma, cuando hacer el amor y no la guerra eran tendencia in my way of life. Y, por supuesto, he finiquitado cantidades ingentes de dinero en viajar viajar viajar y viajar.

O sea que no, bajo ningún concepto me quito ahora años. Tengo 35 y me siento mejor que nunca. No es el mito ese de ‘las mujeres a los 35 están en la flor de la vida’, qué leches. Veo mujeres de mi edad que parecen tener 50. Es una cuestión de haber cambiado todo lo que había de autodestructivo dentro de mí y de actitud, no de la edad.

Ni siquiera parezco físicamente más joven de lo que soy, simplemente he conseguido que me quepa hoy en día la misma talla que a los 25, no me dejo las raíces y las canas o los pelos de las axilas a su libre albedrío como si no importara por el hecho de que no lo vea nadie y, en definitiva, me cuido como si sólo tuviera una yo y esta única vida para vivir.

En realidad, he vuelto a la infancia

Comiendo calçots en plan protagonista de V, me encanta.

Comiendo calçots en plan protagonista de V, me encanta.

El hijo de un amigo se iba a dirigir a mí como señora pero rectificó a tiempo porque yo no le parecía una señora, según sus propias palabras. La típica señora no, al menos. Hay que echarle color a la ropa y a las gafas de sol, y seguir riéndote de todo, más que nada de ti mismo, y seguir tirándote por toboganes y castillos de aire, y seguir cantando por la playa a voz en grito, y llorando cuando no logras lo que quieres, con rabieta incluida. Hay que seguir jugando a hacer puzzles de 3 años como los que me regala mi madre para Reyes, y perder contra mi hermana menor; continuar bailando sin miedo al ridículo, hablándole a la gente como si la conocieras, de forma natural. Hacer el guarro con la comida como cuando llevabas babero, como en la calçotada que me regalaron este domingo.

Hay que seguir acercándote a los chicos como en el cole y preguntarles: ¿Cómo te llamas? ¿Me das un beso? Hay que seguir haciendo nuevos amigos para oxigenar la mente, quitándote de en medio a los del pasado que te hacen daño porque te juzgan pero perdonando y pidiendo perdón para que su recuerdo no te provoque úlceras. Hay que recuperar la inocencia y la confianza en que los demás no van a hacernos daño adrede sino a aportarnos algo que debemos aprender.

Y, sobre todo, llegados a esta edad, para mí son imprescindibles dos cosas para sentir que crecer tiene sentido: Trabajar en tu hobby y compartir tu tiempo sólo con personas que amas y que te aman. Todo lo demás, fuera, que es malo para la salud y envejece. ;D

Os dejo aquí con la canción Desorden, de Izal que viene muy ad hoc, porque, les cito: “Y si a al vida le da por hacerme mayor, viva yo, la alternativa no es mejor”.

YO HABRÍA ELEGIDO SER LESBIANA… SI SE PUDIERA. LLÁMADME ENFERMA.

Ayer El Corte Inglés, Amazon y Casa del Libro pusieron a la venta un polémico libro que nada más y nada menos proponía curar la homosexualidad, como si eso fuera posible, es decir, como si fuera una enfermedad.

El revuelo en las redes sociales fue mayúsculo, tanto que yo creía que era una broma de esas que son tendencia en Twitter ( #nomecures ) hasta que me percaté de que Actuable estaba recogiendo firmas para pedir la retirada del ‘cúmulo de papel’ con ínfulas de tratado serio.

Flipad con el subtítulo: Alguien que tú conoces necesita este libro.

Sí, algún enfermo mental como el autor, Richard Cohen, o todos los que creen que ser homosexual es como una soriasis. Pues mira, no. Es una cuestión de genética, según la combinación de los cromosomas, naces con una orientación sexual o con otra. Homosexual se nace, no se hace.  Y se muere así, aunque muchos intenten esconderlo por miedo al qué dirán aquellos retrógrados que lo consideran como una plaga y son capaces no sólo de destrozarles la existencia sino de agredirles físicamente.

Cuanto más ensañamiento homófobo, más reprimidos

Porque eso es lo peor: Que los que más se ensañan contra los homosexuales luego vienen a ser los más reprimidos, que andan por las Ramblas buscando travestis que se la metan bien hondo, como le pedían a mi vecina/o prostituta/o; son los que se escapan durante sus horas de trabajo a las dunas o a los aparcamientos donde hacen dogging gay para masturbarse mientras dos hombres follan, o directamente para chupársela a algún jovencito o pedir que les den por detrás rollo duro. Esos son los mismos que se introducen dos berenjenas o dos botellines de Benjamín en el ano y van al hospital destrozados, para escarnio delante de toda la familia. El summum es que en Estados Unidos se puso de moda no ya el fist fucking, con un puño, sino con la cabeza de un enano rapado, y eso sólo lo hacen los tarados que no son capaces de admitir su tendencia sexual y disfrutar del sexo anal sin más, sin romperse los esfínteres.

Cuarto oscuro del pub gay Atrevida, foto de Paco Guerrero
Cuarto oscuro del pub gay Atrevida, foto de Paco Guerrero

Así me lo contaba Carlos, un gay practicante del dogging que está harto de que los tíos le entren aún estando con su novia y, después de liarse con él. le imploren que no diga nada. Lo que es más, lamenta, están tan metidos en el armario que, cuando se sueltan, sólo les da morbo el riesgo: “Los casados reprimidos son los que buscan el guarreo de ‘córrete en mi boca, metémela a pelo, méate, etc. Mientras que el gay salido del armario va siempre con su caja de preservativos, su lubricante, etc. Ni pensar en hacerlo a pelo. Es que ellos están jugando con la salud de su mujer y de sus hijos”.

Y a todo esto… ellas también están enfermas?

Nagore, ganadora de Acorralados, con su chica
Nagore, ganadora de Acorralados, con su chica

Pues sí, señores, las lesbianas existen y ya salen hasta en la tele besándose. No iban a existir sólo en las películas porno para que ellos recreen un trío en su imaginación. No, hay lesbianas en nuestra sociedad y tienen sexo de verdad sin ninguna intención de que eso inspire pajas en ninguna mente calenturienta. Las lesbianas sufren doble discriminación por ser mujeres y encima homosexuales, pero también nacieron con esa orientación sexual y tienen todo el derecho a desarrollarla sin que nadie venga a curarlas de nada.

Existen y son muchas más de las que pensamos, al menos muchas que se declaran bisexuales. De hecho, en los clubs liberales de intercambio de parejas, es lo que más se pide y lo que más se encuentra, mujeres que quieran acostarse con parejas, que gusten de los dos géneros. Ahí es donde otros muchos las tacharán de viciosas o de enfermas, pero yo me pregunto si la mayoría no serán mujeres lesbianas que, por imposición cultural y por presión social, para evitar el juicio en su entorno, han aprendido a comportarse y relacionarse como heterosexuales pero en su fuero interno se sienten homosexuales que impidieron desarrollarse como tales. Eso sí, ahora tienen licencia para manifestar su sexualidad siempre que sea en ambientes liberales, y para goce y satisfacción de las fantasías eróticas de una pareja. Porque en sus bares de ambiente muy pocos entrarían gustosos a tomarse algo sin mirarlas con cara de asco. ¿O me equivoco?

Lo digo porque hay un 10% de la población mundial homosexual y sólo un 1% bisexual por naturaleza, así que no salen las cuentas para lo que se ve y se vive en los clubs de swingging, como me contaron los entrevistados para este reportaje que realicé el pasado verano en toda la costa andaluza con mi compañero el fotógrafo Paco Guerrero. Todos se lamentaban de que las mujeres estaban muy cotizadas entre las parejas porque hay muy pocas que se presten a mantener relaciones a tres bandas, y los hombres, machitos ellos, se negaban a juntarse con otro hombre, no les fuera a rozar.

Así las cosas, imaginaos el revuelo cuando entramos una amiga y yo al club liberal para investigar. Ni cinco minutos tardó un tipo en proponernos un trío, como comprobareis si lo leéis. Lamentablemente, aún no he conseguido convertirme al lesbianismo (por más que lo he deseado cada vez que me ha ido mal con un hombre) y, a pesar de tener amigas maravillosas, nunca me hayan excitado ni lo más mínimo, así que tuve que rechazar la oferta. Igual que cuando me lo propuso la parejita. Que no,  que a mí me gustan los tíos, y si puede ser de uno en uno, mucho mejor, que me lío.

De por qué dormir sola pese a las ganas de dormir acompañada

¿Ya es lunes? Pues sí. Se nos ha pasado el fin de semana volando.

Yo el viernes salí con una amiga y, a pesar de que hormonalmente estaba más que inclinada a intentar procrear, ni siquiera me di cuenta de los hombres que había a nuestro alrededor. Como en una isla. El sábado, en el centro comercial, me llegué a preocupar porque casi todos los hombres, especialmente los que iban con niños, me parecían atractivos por algún motivo, léase las gafas o la barba de 3 días.

Pese a ello y a mis instintos, a las 20,30 me metí en la cama, sustituyendo la salida nocturna por la lectura de Sólo para Gigantes, de Gabi Martínez, y aquí paz, y después gloria. El domingo me fui a ver el atardecer al chiringuito de moda del Palmar vestida de rojo y con ganas de matar, pero después de escuchar esto, de Sehristan, y de conocer al tío más atractivo de la zona, al que ya le tenía echado el ojo, me limité a hablar con otras gentes y marcharme a casa sola.

El Cartero, en El Palmar, Cádiz.

El Cartero, en El Palmar, Cádiz.

Y te preguntarás tú: ¿Por qué, si tenías tantas ganas de pillar? Pues porque una ya no es ‘sólo’ una hormona caminante. No, ahora soy una mujer racional que sabe de los riesgos que me implica ir de femme fatale y buscarme el polvo de manera excesivamente proactiva.

  • Primero: no me apetece tener sólo sexo porque sí, quiero estar segura de que a la mañana siguiente tendré ganas de despertarme al lado de esa persona, y, si es posible, repetir.
  • Segundo: el sexo sin ningún tipo de relación previa que conlleve un mínimo cariño, afecto, respeto o amistad me deja vacía como una lata de cerveza consumida: fría, metálica, sin espuma, con un sabor amargo.
  • Tercero: Si me lío con alguien que me gusta y luego no vuelvo a saber nada de él, no puedo evitar sentir que yo no le he gustado, que no he sido suficiente para él, que no me ha valorado lo suficiente, que no me ha dado una oportunidad, que me ha considerado demasiado fácil…
  • Cuarto: Efectivamente, yo podría ser muy fácil, especialmente en plena ovulación; pero, a estas alturas de mi vida, ya no puedo serlo, porque si yo no valoro al que se me pone fácil, tampoco puedo pretender que me valoren a mí si me pongo a huevo. Y ahora mismo me valoro tanto a mí misma que no puedo ‘regalarme’ a alguien no me valore, como amiga al menos.

Y aquí volvemos al primer punto: Necesito estar segura de que alguien me valora lo suficiente como para querer despertarse conmigo y continuar con una relación agradable, aunque sea de amistad, en adelante. No me refiero a casarnos y tener hijos, sino a que haya buen rollo y nos apetezca volver a vernos como amigos, sin dar nada por sentado, sin recelos ni chorradas infantiles.

Conste que no son míos, sino de una productora porno, jaja.

Conste que no son míos, sino de una productora porno con la que hice un reportaje este mes.

Y si no estoy segura de ello, pues me voy a dormir sola y me quedo tan anchota. Hace mucho que descubrí que para tener un orgasmo no necesito un hombre, para lo que sí que me hace falta es para todos los juegos, besos, caricias, lametones, abrazos, miradas, etc.

Pero si me liara con alguien con quien sólo hubiera atracción sexual ‘animal’ sin ningún tipo de sentimiento (por mínimo que sea) de por medio, ya sé que toda la parte reconfortante del contacto físico no se daría, con lo cual sólo conseguiría el efecto taladradora. Y, honestamente, para eso, me valen mucho mejor mis juguetitos.

 

¿Y tú, qué tal has pasado el fin de semana?