El príncipe azul no existe, ni las princesas tampoco.

La verdad es que cada vez que leo estas noticias sobre mujeres, hombres y sus relaciones me tiro de los pelos y pienso que, o me he equivocado de mundo, o se nos ha ido a todos la pinza. Leed, leed esta de la agencia de noticias ANSA.

 LAS MUJERES RESIGNADAS, NO EXISTE EL PRINCIPE AZUL
LONDRES, 18 (ANSA) – Las mujeres, resignadas después siglos de buscarlo en vano, aceptan en el siglo XXI que el príncipe azul no existe y están dispuestas a soportar la decepción siempre de vivir con hombres a quienes les falta un buen tercio para llegar a la perfección.
Según un sondeo británico, para las mujeres los hombres están llenos de defectos: según las 2.000 damas consultadas por Remington, una empresa que fabrica hojas de afeitar y navajas, la mayoría definió a su pareja perfecta solo en un 69 por ciento.
Entre todas las mujeres consultadas, ni una sola dijo ser perfectamente feliz con su pareja.
Esto no significa que las mujeres no estén dispuestas a cerrar un ojo: un tercio de las esposas o compañeras soporta estoicamente que su novio o marido mire demasiado deporte por televisión, con la condición de que la escuche cuando realmente es importante.
Pero una mujer de cada cinco también está convencida de que su hombre hace trampa, fingiendo prestar atención cuando en realidad tiene la cabeza en otra cosa. “Entra por una oreja y sale por la otra”, lamentan varias.
Entre los defectos masculinos más citados, ellas mencionan “el hecho de que me critique cuando conduzco”, “no se entiende con mi familia” o el típico “no sabe hacer varias cosas a la vez”.
Además, una mujer de cada cinco es capaz de mostrar tolerancia cuando su pareja deja levantada la tapa del inodoro o no la ayuda a cocinar.
Una de cada cuatro también puede cerrar un ojo sobre una forma “rara” de bailar, pero no perdonan los ronquidos, las ropas arrojadas en el piso, el morderse las uñas o una barba descuidada. DFB
18/12/2011 18:42

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La semana pasada os contaba que en la red Luluvise las mujeres puntúan a sus conocidos. Y esta resulta que han llegado (por fin) a la conclusión de que el Príncipe azul no existe. Que ellas se quejan de que ellos no son perfectos, que no saben hacer varias cosas a la vez o roncan. Pero, por favor, ¿es que nadie va a hacer autocrítica?

A ver dónde están las princesas, qué levanten la mano, que les vamos a hacer un examen pormenorizado durante las 24 horas del día a lo largo de una semana.

A ver cuál no se tira pedos, pasa de depilarse o de hacerse la pedicura hasta que no tiene una cita, tiene la casa desordenada por pura pereza hasta que viene una visita, o es una tiquismiquis maniática que no tolera un plato mojado encima del escurridor. A ver cuál no tiene celos de sus amigas y las critica durante horas ante su novio para después irse a comerse los mocos con ellas y ponerle a caldo a él, porque deja la tapa del váter levantada.

A ver cuál no tiene ataques de ansiedad que dejarían boquiabierto al más pintao, o no ha tenido que ir al psicólogo alguna vez porque los altibajos emocionales no la dejan vivir. A ver cuál no se ha hecho la víctima alguna vez, o ha intentado manipular a la gente, sobre todo a los hombres, a su alrededor, con esa capacidad de manipulación innata que tenemos las mujeres. A ver cuál no le da la vuelta a la tortilla para acabar sacando los trapos sucios de él a relucir para escaquearse de los suyos propios. A ver cuál no se sale de sus casillas en cuanto le llevan la contraria porque nosotras siempre tenemos razón, puesto que tenemos más sentido común que ellos, por descontado.

A ver cuál es perfecta al 100%, que tire la primera piedra (que le va a volver como un boomerang)

Por supuesto que tenemos que cerrar un ojo para ver menos los defectos del otro. Porque en muchos casos ante nuestros propios defectos cerramos los dos. Que tiene delito exigirle al otro que no cometa ni un fallo porque lo mandamos a freír espárragos cuando nosotras podemos meter la pata hasta la cintura y ni siquiera lo reconocemos. Porque quizás ese es nuestro gran defecto: que como nosotras intentamos ser perfectas y hacerlo todo bien, con un nivel de autoexigencia que nos corroe, intentamos medir con los mismos criterios a todo el mundo, cuando sería tan fácil como admitir que la perfección no existe e intentar, simplemente, mejorar en la medida de lo posible para no hacer daño, ni a nosotras mismas ni a los otros.

Es que si viera, por la parte que nos toca, una autoevaluación, autocrítica, una voluntad de rectificación, de crecimiento personal y de maduración, aún podría entender que rechazáramos a los hombres porque no son lo que habíamos soñado de pequeñas. Pero teniendo en cuenta lo inestables y perdidas que estamos la mayoría, creo que deberíamos ser más humildes y tolerantes.

Para aprender a hacerlo tal vez nos ayudaría mucho leer el libro de Javier Urra, Qué se le puede pedir a la vida, de la editorial Aguilar, que, de paso, nos enseña bastante de lo que le tenemos que dar para conseguir la tan ansiada felicidad.

Porque el precio de nuestra injusta exigencia de pedir a los demás lo que nosotras no somos capaces de dar es la soledad. Y así nos va. Como canta Alejandro Sanz en la canción de Lola Soledad. Dime si no te sientes identificada. Yo sí. Demasiado.

 

La imposibilidad del amor eterno en cifras

(Ésta es la BSO del post, estoy juguetona hoy)

Leo esta romántica noticia que, aunque seas escéptica en cuanto al mito del amor eterno como yo, te eriza el vello y te provoca un mohín de emoción, porque mira, a todos nos gustaría ser capaces de amar de esa manera a alguien hasta el último suspiro.

Al menos nos resultaría más cómodo pero yo, sinceramente, no me siento capaz. ¿Por qué? Porque me cuesta demasiado comprender mi propia evolución y mis cambios constantes como para pedirle a otra persona que los entienda y asuma, esperar que ella cambie en la misma dirección que yo y, si no, entenderla, aceptarla tal cual devenga después de su proceso personal y apoyarla por el camino, aunque no tenga mucho que ver con el mío. Es complicado.

Honestamente, cuando la esperanza de vida eran 35/40 años, debía de resultar más creíble eso de jurarse amor para toda la vida, pero ahora me parece muy poco realista y muy iluso confiar en que podremos mantener la pasión, el amor, la confianza y la comprensión mutua ¿hasta los 90? Venga, hombre, ¿a quién queremos engañar? Suponiendo que nos casemos sobre los 30, ¡son 60 años de simbiosis!!!

Seres fluctuantes
60 años en los que, con los tiempos que vivimos, podríamos tener 6 crisis personales, una por década tirando por lo bajo; muchos momentos malos personales y dentro de la propia relación; cientos de tentaciones pululando a nuestro alrededor, en forma de amigos y conocidos que de repente te encajan más que tu pareja porque están viviendo un momento parecido; puntuales embistes a la curiosidad y el morbo que te reafirman que estás en el mercado carnal y te revuelven las hormonas…

La pareja perfecta

La pareja perfecta

La parejita estadounidense de la noticia probablemente jamás osó conocer a otras personas fuera de su familia, pero reconozcamos que aquí, y mucho menos con el carácter abierto, libertino y festivo de nuestra sociedad y con las redes sociales que nos interconectan con medio mundo, las oportunidades nos sobran para poder elegir.

La libertad de elección.
Ahí radica el quid de la cuestión: Si no te quedara más remedio, te conformarías con la relación y la pareja que te tocara en suerte por el resto de tus días, pero pudiendo elegir, si ya no eres feliz… Pues qué le den bola al mito del amor eterno, que lo más importante es que sea intenso mientras dure, ¿no?

El problema, rebatídmelo si no estáis de acuerdo, es que nos han convencido de que sí existe, y por eso cuando comprobamos que no, que no hay forma de alargar lo insostenible, nos frustramos, nos odiamos y nos deprimimos. Si aceptáramos que es lo lógico, seguramente sería más fácil romper los lazos y quedar tan amigos. A lo mejor ese ex no moriría contigo de la mano, pero iría al hospital a despedirse con cariño.

Peterpanismo generacional

Últimamente, en mis conversaciones con amigas, me doy cuenta de que sale mucho a colación el término Peter Pan para describir a los hombres que conocemos. ‘Otro Peter Pan’, y con eso ya lo has dicho todo. Ya todas sabemos que se trata de un tipo de treinta/cuarenta cuya mente de eterno adolescente se ha quedado anclada en su juventud, en esa época en la que tocaba enajenarse los fines de semana, liarse con muchas tías, pasárselo bien con los amigotes, huir del compromiso en cualquier aspecto de su vida, incluido el laboral, no reflexionar sobre sus propios actos y defectos, ni hacerse responsable de las consecuencias de los mismos.

Madurito interesante (No te pierdas el link de la canción de la visionaria Martirio).
Obviando el hecho de que nuestros padres en plena veintena ya nos tenían a nosotros y eran capaces de hacerse responsables de toda la familia en plena juventud, no sería tan grave que muchos hombres ya supuestamente hechos y derechos siguieran pasándoselo divinamente si no fuera porque van arrasando a su paso. Quién es capaz de resistirse a esas pintas de eternos adolescentes, esa barbita tan atractiva, las maneras de seductor que ya tienen bien afianzadas, esa forma de contar tan encandiladora sus manías y aficiones, tan curiosas y particulares del perfecto soltero; esas dosis justas de ‘te deseo pero no estoy subyugado ante tu divina presencia’, ese arte para mandar mensajes en los tiempos correctos para conseguir el efecto que le conviene… Es que caes a cuatro patas (nunca mejor dicho).

Pero luego profundizas un poco más y ves que sí, madurito interesante pero: No sabe lo que quiere; si lo sabe, está demasiado ocupado en conseguirlo y no ve nada más; si lo ve, peor, porque huye para que no le estorbes en la consecución de sus objetivos; si no le estorbas, aprovecha para disfrutar contigo pero pone unos muros como el de Berlín para que no te encariñes; y, por último, si te encariñas, se muestra distante y hasta desagradable para que tú misma cojas la puerta y te olvides de él. Si no coges la puerta porque eres masoquista, saldrá corriendo y te dará un portazo en las narices.

Campanillas masoquistas

Campanilla masoquista tomada del blog http://campanillafairy.blogspot.com/

Campanilla masoquista tomada del blog http://campanillafairy.blogspot.com/

Ahora bien, ¿por qué nosotras atraemos, nos sentimos atraídas e inconscientemente nos enganchamos a este tipo de peterpanes? Pues porque somos unas campanillas. Claro que sí, no iba a ser todo culpa de ellos, ¿verdad? Hay millones de hombres en el mundo que a lo mejor sí que querrían adorarte como a una princesa, pero tú no, tú te vas a por el Peter Pan de turno que está en plena crisis de los 40, no sabe qué hacer con su vida, pero lo que sí que sabe es que no lo quiere hacer contigo. Ahí toca reflexionar sobre una misma y reconocer que quizás tú tampoco estás tan preparada para tener una relación adulta y si te lías con este tipo de hombres siempre puedes echar balones fuera y seguir creyéndote perfecta, la novia ideal.

¿Y todo eso por qué?
Pues aquí me gustaría que tanto hombres como mujeres me dieseis ideas, pero yo apunto algunas: Podemos tenerlo todo sin comprometernos a nada, la faceta sexual es muy fácil de satisfacer (solos, con juguetitos o en compañía esporádica) y con los amigos llenamos muchas carencias que nuestros padres sólo cubrían en pareja (erróneamente). Por tanto, estamos muy bien solos sin hacer esfuerzos por comunicarnos y compartir con el otro, así es ‘todo para mí’. Nos ahorramos conflictos, concesiones, negociaciones… Y nos quedamos sólo con lo bueno de relacionarnos de vez en cuando con alguien del otro género. Porque en cuanto algo no va suave y sedoso, pasamos al siguiente, como si todos fuéramos de usar y tirar.

El País de Nunca Jamás
El problema es que de tanto regodearnos en el placer de estar solos, al final nos quedaremos en la más absoluta soledad, la indeseada, ésa que te cae como una losa cuando te apetecería estar con alguien a quien quieras y que te quiera, pero, simplemente, no puedes. Porque quizás te has vuelto tan egoísta que ya es demasiado tarde. Y ahí sí que nos sentiremos Campanilla y Peter Pan en El País de Nunca Jamás (nos encontraremos).

No todo van a ser preguntas, ¿verdad?

Lo cierto es que este blog, y el libro que voy a escribir (a partir de la investigación que estoy realizando y gracias a vuestros comentarios) no se me habría ocurrido si no fuera por mi propia experiencia personal.

Porque antes de escribir un manual sobre lo que nossucede a las mujeres como mínimo necesitaba entenderme a mí misma. No soy capaz de hacer como muchos psicólogos y terapeutas que se atreven a analizar y, supuestamente, ayudar a otros cuando ellos mismos están para el manicomio.

Antes de sentir la necesidad de escribir este libro, pasé muchos años más perdida y confundida que una canica en un baile. No tenía ni idea de lo que estaba pasando con mi vida, de por qué era incapaz de mantener una relación mínimamente sana y cuerda. Andaba por ahí dando palos de ciego y más de uno cayó por el camino, aparte de las hostias que me di yo contra muros más altos que el mío (que ya es decir).

Asumir las propias responsabilidades (y taras)

Como no puedo estar eternamente echando balones fuera, autoconvenciéndome de que siempre son los demás los culpables de que las relaciones no funcionen, llegados a cierto punto de frustración tuve que considerar que quizás era yo la que estaba provocando que, durante años, sólo me atrajeran y se sintieran atraídos por mí hombres con un síndrome de Peter Pan únicamente comparable al mío. Tuve que reconocer que era una Campanilla de Manual, y que si seguía así, mis relaciones sentimentales seguirían siendo imposibles más allá de un rollo divertido.

Un rollo (o uno tras otro) divertido está muy bien mientras te hace sentir feliz, pero cuando te empieza a causar vacío y sientes que necesitas dar y recibir más, indudablemente hay que plantearse cambios.

Ahora bien, ¿qué cambios, si no sabes ni qué es lo que estás haciendo mal ni por qué? Pues toca analizar. Auto-psico-analizarme. De los 28 a los 33 me he pasado horas muertas analizándome. Hasta el último resquicio de mi mente y de mi corazón. Hasta el aburrimiento. Hasta la extenuación. Hasta el dolor. Porque reconocer que te has perdido a ti misma duele.

Pero el dolor no dura eternamente.

Cuando te aclaras y entiendes los motivos por los que te comportas de determinada manera en las relaciones, te sientes bastante aliviada y puedes plantearte qué quieres y cómo puedes conseguirlo.

Ahí comienzan los cambios internos. Los que nadie entiende ni tú misma sabes bien cómo llevar a cabo. Desde que cumplí los 34 me he sentido una mujer en prácticas. Sí, como una niña comenzando a andar. No tenía ni la menor orientación de cómo comportarme con los hombres, prefería tenerlos como amigos y aprender de su forma de ser hombres que exponerme a hacer el ridículo más espantoso y meter la gamba.

Con los meses, me he ido resituando y, para no andarme con complicaciones, he acabado volviendo a mi adolescencia. A mi esencia de mujer. A la naturalidad, la espontaneidad, la frescura esa en la que te gustaba alguien, te dejabas llevar y permitías que todo fluyera sin malos rollos ni mataduras de cabeza.

No quiero decir que ésta sea la panacea global, simplemente ha sido mi fórmula personal, como puede haber billones. Pero al menos sí que ha cambiado el tipo de hombres que atraigo y que me atraen, (bueno, de vez en cuando recaigo, jaja), y las relaciones que mantengo con ellos y ellos conmigo. Pero eso os lo contaré otro día.

Y tú, ¿cómo lo llevas? (No puedo evitar preguntar, es deformación profesional).