Para que no se os baje hay que hacer bien el amor.

Queridos hermanos hombres, voy a intentar escribir este post desde el amor y el humor, espero que ninguno se lo tome a mal, os quiero, gracias. Y lo voy a publicar porque creo muchos lo estáis pasando mal y va a llegar un momento en el que prefiráis no tener que exponeros a quedar con nosotras para ahorraros la comedura de tarro posterior. ¡Y sería una pena y un desperdicio!

El caso es que ayer llevaba yo a una mujer en Blablacar que me comentaba que se había encontrado con un montón de hombres, a través de las aplicaciones de contactos como Tinder y Adopta un tío, que tenían disfunciones sexuales del tipo impotencia, anorgasmia o eyaculación precoz. La mayoría, alrededor de los 40 y para arriba. No sería muy lógico alegrarse por ello, pero yo lo hice porque pensé: “Bueno, no soy la única al menos, empezaba a pensar que soy yo que, en vez de provocar morbo, causo bajones por doquier.”

Y lo cierto es que, analizándolo a conciencia, he llegado a la conclusión de que sois víctimas de vosotros mismos. El patriarcado os echó la responsabilidad del pitocentrismo a las espaldas y ahí estáis vosotros todavía cargando con el peso de sostener vuestra autoestima en función de si se os levanta o no el miembro. Verdaderamente, os han gastado una putada, y nosotras sólo somos víctimas colaterales. (Nosotras cargamos con otras muchísimas putadas del patriarcado, pero no es el tema que nos ocupa).

La situación media

Bien, pues ahí os tenemos, una bonita noche después de una cita divertida, llegados a la cama de turno, con la presión sobre los hombros de tener que rendir. Dar el nivel. Follar como un campeón y mantener la reputación, encarnada en polla, bien alta. Tal es la presión que se convierte en obsesión y os condena a la profecía autocumplida: Si vais con miedo de que no se os ponga dura, no se os va a poner dura. Ahí entráis en bucle y, a poco que la cosa no se yerga como el mástil de un velero “vergantín” (que viene de verga), la preocupación por levantarla será tal que os olvidaréis de que justo al lado hay una mujer y que aquí hemos venido a jugar.

Os centráis en vuestro epicentro, os obcecáis con meneárosla para conseguir la obligada erección, lo cual es absolutamente contraproducente tanto para vuestro falo como para nuestra excitación, y ya no hay nadie más en la habitación: Vosotros, vuestro miembro viril venido a menos y nosotras como meras espectadoras. Normalmente solemos intentar que aquello se anime con todas las partes del cuerpo posibles, pero cuando ya vemos que eso es un reto entre la mano del hombre y su ego pequeñito y que no hay nada que hacer allí porque no hemos sido invitadas a ese duelo a muerte, nos retiramos a la espera de que alguno de los dos gane.

Siempre suele ganar la polla, porque no tiene cerebro. Y vosotros pensáis demasiado en ella, como si no tuvierais otras zonas erógenas. Y como si nosotras estuviéramos ahí de adorno. Y lo sentís por nosotras, mucho, porque no nos podéis dar la mandanga que esperábamos. Pero en realidad a nosotras lo de la penetración nos parece un complemento más, como ponernos los pendientes: Te los puedes poner y vas contentísima, pero si no te los pones, tampoco vas a salir a disgusto.

¡Aprovechad esas tetas, por Dios!

Lo relevante es el resto, queridos míos. Tenéis una tía que probablemente os gusta delante. No es una pantalla de ordenador ni una actriz porno. Es una mujer de carne y hueso con ese culo que sólo podéis pensar en follaros y con esas tetas que tanto os gustan (supuestamente, porque luego estáis tan focalizados en vuestra amiguita que ni las rozáis). ¿Por qué carajo entonces os limitáis a tocaros los huevos y el apéndice? Eso lo tenéis siempre en casa, ¿y a que a solas no falla nunca? Pues es justamente porque no tenéis la obsesión de demostrar nada. El error es tomárselo en serio como si debierais ser el macho dominante y todopoderoso todo el tiempo. ¡Que no, aprovecha, libérate! ¿Que no se te levanta? Juega, amasa, palmea. ¿Que estás tardando demasiado? ¡A quién le importa si estás jugando! ¿Que no llegas al orgasmo? ¡Mejor, así podemos repetir más veces!

Mi propuesta es HACER BIEN EL AMOR:

Llegamos al lugar de los hechos y al momento clave. Comes boca, con fruición, como si tuvieras un hambre canina, comes boca, sigues por el cuello, te lo comes también. Bajas por el escote y te regodeas en las tetas. Horas, si quieres. Los pezones están conectados con el mismo área del cerebro que el clítoris, así que podemos tener un orgasmo sólo con que nos devoren bien las tetas y nos sepan tocar los pezones. Si no sabes, prueba y pregunta, no hay lección más fácil de explicar que esa.

A estas alturas deberías haberte olvidado de que tienes pene, pero sigues, sigues mordiendo, lamiendo, con devoción, de las orejas a los pies, ¡juega! Y como tienes mucha sed, te apetece un coño, que ya estará como un abrevadero de patos, y bebes, y bebes, y vuelves a beber, como los peces en el río. Es muy probable que ella se corra como una salvaje y con eso la tengas saciada un buen ratito, de modo que puede tomar las riendas y dedicarse a comerte y a lamerte a ti enterito como una bulímica ante un helado de Nutella. Déjate hacer, relájate, no tienes que hacer nada, ni dar ninguna talla, ni pensar, ni NADA. Disfruta. Desconexión total. No hay obligaciones ni pollas. 

El agobio de ser polla

Si se te levanta, pues lo aprovechamos. Si no, ¡déjala en paz! ¡No la sobes más! Tiene que ser súper agobiante ser rabo y que te machaquen de esa manera tan compulsiva. Si te place, dormimos para que descanse la cosita y ya vemos si por la mañana se levanta animada con ganas de hacer la cucharita. Y si no, pues seguimos jugando, hay que sudar las sábanas. Lo importante de verdad es que acabemos la cita de forma divertida y no traumatizados porque no has culminado el polvo bombeando.

En serio, el polvo es todo el conjunto, no os sintáis con la obligación de taladrarnos como una perforadora urbana, no es necesario; nosotras sólo esperamos que le dediquéis a nuestro cuerpo la dedicación que se merece, igual que deseamos dedicarnos con esmero al vuestro (si nos dejáis). Centrarse en los genitales es una metonimia que nos hace desperdiciarnos. Una caricia en la cadera, un lametón en la ingle, una lengua hasta la garganta… nos ponen muchísimo más cachondas que sentir vuestras manos ocupadas en agarraros a las caderas para clavarla mejor, como si no hubiera nada más que un nabo tapando un agujero.

Y, seguramente, cuando os estéis divirtiendo como enanos, el eguito hará acto de presencia y querrá entrar en el canal de Suez con fluidez y entereza. Y si no, no os preocupéis, sois mucho más que un pene, nosotras lo sabemos y os valoramos por todo lo demás, ya sólo falta que os enteréis vosotros y dejéis de sufrir por ello.

Por cierto, si tenéis consultas sobre vuestras historias de amor, desamor, etc. no dudéis en dejarlas aquí.

Si prefieres el cibersexo, luego no te quejes de que no tienes sexo, ni de tu soledad.

Estoy revuelta. Estoy triste. Me siento sola. Tranquilos, no me siento sola porque no tenga amigos ni familia que me quieran y me hagan la mejor compañía. Me siento sola porque me falta una figura masculina relevante en mi vida. Vale, tengo un padre fantástico, pero afortunadamente no tengo a mi padre tan idealizado como para que me valga como hombre con todas las implicaciones en mi vida.

Hace tiempo que decidí que no me valían los escarceos sexuales esporádicos. Y seguramente hace el mismo tiempo que me como los mocos sexual y emocionalmente hablando. Es una elección personal que asumo, pero me temo que las consecuencias están yendo demasiado lejos y no sé hasta qué punto tengo la culpa de ello a pesar de todo lo que he aprendido y cambiado hasta ahora.

Quiero decir: Reconozco que no estoy tan disponible sexualmente como pude estarlo en otros momentos más ‘ligeros de cascos’ de mi vida. Pero eso no quiere decir que no sea accesible para conocerme. El problema que observo es que muchos hombres se acercan con interés sexual y cuando ven que no es tan fácil como supuestamente aparento, simplemente ya no intentan ir más allá.

Bien, es un criterio de selección per se, pues ellos mismos se autoeliminan cuando ven que no van a obtener lo que desean. Pero, ¿a dónde están los demás? Entrándome por whatsapp, por twitter, por Facebook, por chat, por mail, por Skype… Síiiii, ¡por las redes sociales! Ahí tenemos a los grandes hombres del siglo XXI dándolo todo, un vacile continuo, venga jueguecitos, venga piropos, venga tonteos, venga pajas virtuales… Pero ahí queda eso. Ninguno pretende ni se molesta en intentar un cara a cara que nos pueda llevar a conocernos, a un principio de amistad y quién sabe si a algo más, a un mínimo contacto físico.

No sé vosotros, pero yo lo necesito. A mí no me basta con la fantasía de que me atraiga alguien, ni con masturbarme con el otro al otro lado del Smartphone o del portátil. A mí lo que me gusta es la realidad, el tú a tú, el saber si la química es verdadera y tangible o producto de la imaginación y de la necesidad de tener una ilusión… y un orgasmo.

Que, si lo piensas, muchas veces lo que hacemos con otros en la cama viene a ser una masturbación individual con un cuerpo ajeno, pero al menos ahí damos cierta oportunidad para el roce y, por tanto, al cariño. Que en el fondo es lo que la mayoría deseamos.

He llegado a un punto en el que lo que busco en un hombre no es el sexo sino todo lo que lo acompaña: los abrazos, los besos, los mimos, las caricias, el sentir que alguien te atrae y que le atraes. El sentir, básicamente. Lo del orgasmo queda en un plano secundario que, además, no me falta conmigo misma. Pero los abrazos no me los puedo dar sola.

Y mientras sigamos aislados, cada cual con nuestro móvil como herramienta sexual, no vamos a salir de nuestro onanismo ni de nuestro micromundo perfecto. Digo perfecto porque nada falla: nadie nos revuelve, nadie nos hace sentir inseguros, ni rechazados, ni cuestionados, ni malos amantes. Nadie nos va a pedir nada porque nadie va a esperar nada de nosotros, ni un mínimo compromiso, ni cierta implicación, ni dar la talla, ni estar al nivel de la conversación o a la altura de las circunstancias cuando sea necesario.

Pero tampoco vamos a obtener nada positivo: Ni amor, ni cariño, ni admiración, ni calor humano, ni apoyo, ni ilusiones con posibilidades de convertirse en realidad, ni ánimos, ni la opción de empezar a jugar y acabar teniendo sexo del bueno, del de verdad, del que se siente, del que te deja con la piel de gallina… preguntándote por qué carajo has estado tanto tiempo sin arriesgarte a intentar tenerlo.

No sé si me pasa a mí sola, que no soy precisamente la mujer más fría, distante y borde del mundo, o nos enfrentamos a un problema social que nos está minando las emociones a muchos. Lo que sí que noto es mucha cobardía, por todas partes, de dar un paso adelante. De ir a por lo que queremos. Como si quisiéramos resguardarnos todos en nuestros pequeños castillos para no salir heridos.

Nadie se lo cree, porque me conocen, pero lo cierto es que hace siglos que ningún hombre me propone quedar, ni una cita para tomar un café o un vino. Y no es ahora por vivir en Conil aislada del mundo, porque desde hace ya tres años, en plena vorágine barcelonesa, comentábamos con mis amigas que los tíos ya no intentaban quedar con nosotras “ni para un polvo”. Como si tuvieran miedo a que por eso les fuéramos a pedir un hijo (que honestamente no es algo que yo tendría de alguien acojonado)  o, quizás, a no dar el nivel que presuponen que exigimos.

En cualquier caso, el miedo es algo que nos paraliza o nos estimula, depende de cómo lo queramos utilizar. Yo también tengo miedo a que pasen de mí, a no gustar, a que me rechacen, a que me hagan daño, etc. Aunque no por eso voy a preferir encerrarme en mí misma y negarme a sentir si hay alguien que merezca el riesgo al otro lado… de la mesa o de la cama. Si se queda cómodamente al otro lado del ordenador ya deduzco que ni merece la pena, ni tampoco es alguien que encaje con mi forma pasional de vivir la vida. Y, oyes, aunque me sienta sola, ellos se lo pierden.

De todos modos, no pienso conformarme con que esto es lo que nos  ha tocado vivir. Quiero sentir, quiero vivir, quiero querer, quiero que me quieran; como todos. Y si tengo que empezar a gritar para que dejéis de alimentar vuestros egos virtuales y os espabiléis para fomentar vuestra autoestima verdadera, pues no me pienso callar. Luego ya hacéis lo que os dé la gana y os haga felices. Que igual lo sois solos, con un simple whatsapp, pero yo, sinceramente, no quiero seguir sintiéndome vacía en la vida real.

Claves para entenderlo todo este finde y acabar acompañados

Por fin viernes. Hora de salir de fiesta, a olvidarse del trabajo, o del paro, de la soledad y de tó. Hora, para muchos, de intentar ligar, de llevarse algo a la boca… y a la cama. ¿Y por qué no?

No es tan difícil, ¿verdad? Los hombres siempre se quejan de que nosotras lo tenemos más fácil, porque elegimos. Yo siempre les digo que ése es su problema, por no ser más selectivos.

Pero es que creo que últimamente muchas nos hemos dado cuenta de que se han girado las tornas. Ahora nosotras elegimos, sí, tomamos la iniciativa, aunque sea tímidamente a través de algún sms o mail insinuante, esperamos respuesta… y hete aquí que no la obtenemos, por lo menos,  no la que deseábamos.

La noche es gay 

Los tíos, antes tan desesperados, se están atreviendo a pasar de nosotras, a darnos largas, a mantenernos en la reserva por si les falla otra opción, no tienen ganas de quedar ni a tomar un café, ni mucho menos a cenar. Cuántas veces habré pronunciado y oído la gran frase: ‘Los hombres ya no llaman ni para follar!!!!’ Imagínate, ni para follar.

Y ¿por qué antes se habrían desgañitado ante una oportunidad sexual y ahora prefieren irse con sus amigos o quedarse en casa solos? Pues porque pueden. Porque pueden elegir y si la mujer no les convence de todo por algún motivo, no tanto físico como actitudinal, pues la descartan y punto. Ya vendrán otras.

Jode, ¿eh?

A mí sí, a mí me jodía mucho. Del rollo ‘ya no les gusto ni para el sexo’. Pero cuando me lo contaban mis amigos, me parecía realmente estupendo que ellos también tuvieran esa capacidad de decisión sobre sus propios gustos y no fueran un miembro caminante.

Así que tuve que ver dónde estaba el fallo en mí. Y no, no es que hubiera perdido el sexappeal, sino que iba de un palo subidito de tono, de una agresividad a la hora de entrarles, con una actitud de cazadora que a ellos les echaba para atrás. Y ¿por qué? Porque cazador no puede ni quiere ser cazado. Y cuando intuye que lo van a cazar, huye o se escabulle.

Hemos querido adoptar el rol del macho cazador cuando ni biológica ni culturalmente se puede cambiar la tendencia de cada género. Al menos no con demasiado éxito. Al hombre heterosexual no le gustan las cazadoras más que como amigas, porque sería como si le gustaran los hombres, es una relación de macho a macho (y lo afirmo porque lo he experimentado en mis propias carnes).

Las no cazadoras tienen más números 

Yo antes protestaba mucho por que los hombres se enamoran de las mujeres más femeninas, más dulces, las que esperan a que ellos vengan a buscarlas y se las ganen. Pues sí, ahora lo entiendo. Es que ellas no les roban su papel, no les hacen cuestionarse nada, todo sigue según lo aprendido y les resulta más fácil comenzar una relación con ellas.

Lo cual, hoy en día, para los más avanzados, tampoco significa querer una mujer sumisa, dependiente, obediente y encerrada en casa. No. La mayoría quieren mujeres independientes, autónomas, fuertes, inteligentes, con carácter… pero que no les hagan sentir como la parte innecesaria o débil de la relación, sino de igual a igual.

El trasunto es que nosotras nos sentimos empoderadas por los cambios sociales y queremos demostrarles que somos las fuertes, las que llevamos las riendas ahora. Y para sentirnos superiores necesitamos hacerles sentir inferiores, aunque sea inconscientemente. Lo cual viene a ser lo mismo que han hecho los hombres durante 3000 años de patriarcado con las mujeres: minusvalorarlas para mantener el poder y el status quo.

La verdad es que quiero escribir este libro porque me gustaría que las mujeres no estuviéramos ahora otros 3000 infravalorando y menospreciando a los hombres como revancha. Utilicemos nuestra inteligencia emocional, tradicionalmente femenina, para construir relaciones igualitarias… y de tú a tú (no de género a género).

Y hoy… todos al lío!!!

Sorteo de un libro de Sexmentiras, contra los mitos sexuales

Querid@s mí@s, hoy voy a hacer un concurso:

Si le dais al me gusta en la página de Facebook de Manual de la Mujer Actual y compartís con vuestros amigos este link invitándoles a apuntarse también, sortearé un libro entre todas las incorporaciones.

Se trata de Sexmentiras, el último libro que publiqué con el sexólogo Alfonso Antona en ed. Aguilar, sobre los mitos sexuales que nos impiden disfrutar de nuestra sexualidad libremente.

No tengo más interés que vuestros testimonios, porque sin ellos, va a ser difícil escribir ese Manual de Instrucciones de la mujer que todos los hombres llevan siglos reclamando y las mujeres necesitamos cada vez más para entendernos a nosotras mismas después de tantísimos cambios.

Me gustaría que sintierais este Manual como algo propio que podemos construir entre todos por el bien de la especie y de la comprensión entre géneros.

No todo van a ser preguntas, ¿verdad?

Lo cierto es que este blog, y el libro que voy a escribir (a partir de la investigación que estoy realizando y gracias a vuestros comentarios) no se me habría ocurrido si no fuera por mi propia experiencia personal.

Porque antes de escribir un manual sobre lo que nossucede a las mujeres como mínimo necesitaba entenderme a mí misma. No soy capaz de hacer como muchos psicólogos y terapeutas que se atreven a analizar y, supuestamente, ayudar a otros cuando ellos mismos están para el manicomio.

Antes de sentir la necesidad de escribir este libro, pasé muchos años más perdida y confundida que una canica en un baile. No tenía ni idea de lo que estaba pasando con mi vida, de por qué era incapaz de mantener una relación mínimamente sana y cuerda. Andaba por ahí dando palos de ciego y más de uno cayó por el camino, aparte de las hostias que me di yo contra muros más altos que el mío (que ya es decir).

Asumir las propias responsabilidades (y taras)

Como no puedo estar eternamente echando balones fuera, autoconvenciéndome de que siempre son los demás los culpables de que las relaciones no funcionen, llegados a cierto punto de frustración tuve que considerar que quizás era yo la que estaba provocando que, durante años, sólo me atrajeran y se sintieran atraídos por mí hombres con un síndrome de Peter Pan únicamente comparable al mío. Tuve que reconocer que era una Campanilla de Manual, y que si seguía así, mis relaciones sentimentales seguirían siendo imposibles más allá de un rollo divertido.

Un rollo (o uno tras otro) divertido está muy bien mientras te hace sentir feliz, pero cuando te empieza a causar vacío y sientes que necesitas dar y recibir más, indudablemente hay que plantearse cambios.

Ahora bien, ¿qué cambios, si no sabes ni qué es lo que estás haciendo mal ni por qué? Pues toca analizar. Auto-psico-analizarme. De los 28 a los 33 me he pasado horas muertas analizándome. Hasta el último resquicio de mi mente y de mi corazón. Hasta el aburrimiento. Hasta la extenuación. Hasta el dolor. Porque reconocer que te has perdido a ti misma duele.

Pero el dolor no dura eternamente.

Cuando te aclaras y entiendes los motivos por los que te comportas de determinada manera en las relaciones, te sientes bastante aliviada y puedes plantearte qué quieres y cómo puedes conseguirlo.

Ahí comienzan los cambios internos. Los que nadie entiende ni tú misma sabes bien cómo llevar a cabo. Desde que cumplí los 34 me he sentido una mujer en prácticas. Sí, como una niña comenzando a andar. No tenía ni la menor orientación de cómo comportarme con los hombres, prefería tenerlos como amigos y aprender de su forma de ser hombres que exponerme a hacer el ridículo más espantoso y meter la gamba.

Con los meses, me he ido resituando y, para no andarme con complicaciones, he acabado volviendo a mi adolescencia. A mi esencia de mujer. A la naturalidad, la espontaneidad, la frescura esa en la que te gustaba alguien, te dejabas llevar y permitías que todo fluyera sin malos rollos ni mataduras de cabeza.

No quiero decir que ésta sea la panacea global, simplemente ha sido mi fórmula personal, como puede haber billones. Pero al menos sí que ha cambiado el tipo de hombres que atraigo y que me atraen, (bueno, de vez en cuando recaigo, jaja), y las relaciones que mantengo con ellos y ellos conmigo. Pero eso os lo contaré otro día.

Y tú, ¿cómo lo llevas? (No puedo evitar preguntar, es deformación profesional).

Una pregunta rápida

De verdad las mujeres estamos liberadas sexualmente o creemos estarlo pero seguimos manteniendo esquemas tradicionales de príncipes y princesas en nuestras cabezas?

Chicas y chicos, animaros a responder según vuestras experiencias, ésta es la pregunta del s. XXI!!